Somos contadores de historias, nuestra vida corre el riesgo de ser el cuento que matiza nuestros miedos y esconde nuestra luz.
El ego es una creencia de nuestra importancia. Es quien deja que cualquier historia se nos suba a la cabeza. Exponemos nuestras riquezas y escondemos nuestras pobrezas, es más sencillo simpatizar con la fortuna que con el sufrimiento. Por eso nos fue fácil empezar a usar máscaras. En la lógica del ego, el esfuerzo no es suficiente, necesita reconocimientos y compensaciones. Las apariencias engañan, tener autoridad no es lo mismo a ser una autoridad. Impresionar a la gente es muy distinto a ser impresionante.
Al nacer, el bebe es totalmente adaptativo, la vida es simple porque reconoce el estado de bienestar y aprende a manifestarse cuando ese estado se altera. Como bebes nos expresamos cuando tenemos hambre, cuando queremos descansar o cuando deseamos sentir calor y afecto. Esa unidad con todo y estado de comprensión simple dura hasta los 6 meses, desde ahí y hasta los 2 años, el bebe comienza poco a poco a explorar su cuerpo, a reconocer lo que hace parte de su cuerpo y lo que esta fuera de el, empieza a comprender el concepto del otro. El Ego estalla con fuerza entre los 2 y 3 años, en el momento justo cuando el niño ya sabe que existe un Tú y un YO, con la ayuda del lenguaje experimenta los límites de su YO, hasta donde puede llegar frente al otro, así comienza la tarea de vencernos en nuestro propio juego.
El ego no tiene una clasificación de bueno o malo. No tenemos más o menos ego que otra persona. La cultura coloquial ha regado la idea que el ego es esa parte irritable que hay dentro de cada uno, que trata de obtener más éxito, más atención, más poder, más riqueza. Ese mito urbano le ha dado al EGO atributos de superioridad, grandeza y seguridad excesiva, clasificando a una parte de la humanidad como personas con gran EGO ¿Qué le paso al resto? De cierta manera, esa idea divisoria se ha convertido en un escape para no hacernos cargo de nuestro propio ego, nos ha permitido creer que son otros los que tienen un ego por bajar del pedestal y que nosotros estamos bien asumiendo un bajo perfil.
Bajo esa información falsa, llegamos a decir con apropiación y atrevimiento que Donald Trump tiene mucho más ego que el Dalai Lama. El gran engaño es creer que el ego solo tiene esa expresión rimbombante, eso facilita ponerse una venda para no conocer como se manifiesta “el propio EGO”. El ego puede ser perfeccionista, colaborador, competitivo, artista, intelectual, comprometido, divertido, determinado y calmado, y aún así fastidiarnos la vida. El ego es la raíz, desde donde creemos que no podemos lograr algo, hasta por qué necesitamos ganarlo todo. Al no ver la raíz, creemos que el problema esta afuera y no dentro. El ego se camufla para hacer su trabajo, la pregunta es: ¿Nosotros estámos haciendo el nuestro?
¿Cuál es el trabajo del EGO? Cumple un papel pedagógico y nos motiva a reaccionar, su trabajo es plantearnos un juego y nuestro trabajo es descubrir las reglas y patrones para vencernos. Se desarrolla a edad temprana y se queda como nuestro guardián personal, esta atento a evitar lo que el cree que va a lastimarnos. Lo que nosotros tenemos que entender es que nuestro ego repite una película del pasado y se sobreactúa en el presente. Nos lleva al límite con la intención que escuchemos la voz que nos dice “Estoy harto de mi”, “No quiero seguir viviendo así”, “Necesito hacer algo conmigo”. En ese momento, -que puede repetirse muchas veces-, podemos hacer un alto, escucharnos, sentirnos y comenzar a darnos cuenta de lo que realmente pasa en nuestro mundo interior, a esa elección le llamamos autoconocimiento.
¿Entonces cual es la dificultad para auto-conocernos? La respuesta más simple nos la dio un gran filosofo estoico:
“Es imposible aprender lo que uno piensa que uno ya sabe” Epicteto
No es posible aprender cuando creemos que ya lo sabemos. No encontraremos las respuestas si somos vanidosos y autosuficientes para hacer las preguntas. Tampoco las hallaremos si somos muy sumisos, tímidos o perezosos para cuestionarnos.
El ego es impaciente. Se apresura porque sabe que si se detiene le da paso a la consciencia, con ella vienen las preguntas y las respuestas. Esa pausa reflexiva es un momento de atención interna, es cuando nos damos cuenta de lo que esta pasando y dejamos de ser prisioneros de nuestra mente.
Usemos la poesía de Goethe para visualizar el patrón del juego del ego: “verse a uno mismo como más de lo que es y valorarse como menos de lo que vale de verdad”.
¿Cómo vas con tu juego del ego?